~Katrea's Frozen Hell~

Donde yacen los sueños rotos · El Blog de Kutt Katrea y Kg Designes

Fragmentación Múltiple de Personalidad

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Es bien conocido que los eventos que vive una persona a lo largo de su vida van forjando su carácter y personalidad. Sin embargo, ciertos eventos pueden generar pequeños fragmentos de comportamiento que se contraponen o que no son compatibles con el comportamiento natural de la persona. Por ejemplo, una persona que toda su vida ha confiado de los demás pero que un día es traicionado, generaría un poco de desconfianza. Sin embargo, puesto que su confianza sigue siendo muy grande y antigua, la desconfianza generada mantiene una influencia casi nula.

Entre los Trascendentales, dado el empeño que tienen de ser diferentes y comunes a la vez, suele ser común el fenómeno de la Fragmentación Múltiple de Personalidad.

Una forma sencilla de ejemplificar este fenómeno es considerar la mente como si estuviera formada por muchos pequeños módulos. Cada módulo corresponde a una actitud, un comportamiento o incluso un pensamiento. Existirían módulos para el existencialismo, la avaricia, la nobleza, etc.
Cada uno de estos módulos tendría cierta “fuerza” según las circunstancias que los han creado y fortalecido. Una traición de un simple conocido provocaría que el módulo de desconfianza tuviese un crecimiento en pequeña escala, en cambio una traición de parte de un ser muy querido, causaría un crecimiento muy grande.

Sin embargo, ninguno de estos módulos representa una personalidad por si mismo, sino que están interconectados entre sí. Ese conjunto de módulos e interconexiones forma una personalidad completa.

En ciertas configuraciones de personalidad es posible, incluso, que ciertos módulos queden excluidos o conectados tan débilmente que no tienen mucha inferencia sobre la personalidad.

Un elemento más que hay que considerar y que se encuentra en todas las personalidades, es el núcleo. Cada persona tiene un núcleo, un conjunto de habilidades, caracteres o comportamientos innatos a esa persona y que no cambian en ninguna circunstancia.

Los módulos pueden ser vistos, también, como si fuesen piezas de un rompecabezas que puede ser armado de distintas formas con distintas piezas, que a su vez pueden no embonar con otras piezas específicas o que son reemplazables (piezas con la misma forma, que solo entran en un solo lugar y por tanto, solo se puede usar una de ellas).

Aunque es posible que existan interconexiones paralelas independientes (personalidades múltiples que existen al mismo tiempo), lo más común es que el conjunto de circunstancias que habita el trascendental defina la personalidad que esta “activa” en ese instante, siendo el cambio entre personalidades más transparente mientras más componentes compartan las personalidades.

Los conjuntos de circunstancias pueden conocerse como “Campos de Realidad”, y pueden estar constituidos por circunstancias físicas, emocionales e intelectuales a la vez. Por ejemplo, un Campo de Realidad puede ser formado por la convivencia con cierto grupo de amigos, o por habitar en un región en especial, o por saber que cierto evento ocurre con cierta persona o en cierto lugar. Como podemos ver, los Campos de Realidad son entidades muy poco definidas y difíciles de diferenciar.

En los humanos comunes, lo normal es que generen personalidades múltiples que apenas se diferencian por unos pocos módulos, creando la ilusión y el efecto de tener una única personalidad. En cambio, en los Trascendentales se puede tener tan poca cohesión de los módulos (o una cantidad impresionante de módulos diferentes) que en Campos de Realidad muy similares (como puede ser estar en casa de un amigo, y estar en casa de un amigo diferente) pueden activarse personalidades totalmente diferentes (aunque no necesariamente opuestas).

Para los Trascendentales más centrados, es decir, aquellos que no anhelan tanto el ser “comunes”, resulta de gran utilidad el efecto de la Fragmentación Múltiple, pues les permite adaptarse perfectamente a cualquier entorno mientras las funciones mas profundas (como lo son los sentimientos) se encuentren encapsuladas en su núcleo, evitando que se fragmenten.

La Feria

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La Feria (Juan José Arreola) es uno de esos libros que he pasado toda mi vida tratando de evitar.
Lo vi una y otra vez en el librero pero siempre seguí de largo buscando algo más que leer, dado que no me parecían especialmente atractivos el nombre ni la portada roja y plana.

Para mí, es uno de esos libros que solo en un día ocioso me da por tomar del librero y hojear. Revisé el extracto en la contraportada y me pareció divertido. Así, ansioso por llegar a esa parte empecé a leer…

Al principio, sentí extraño el ir leyendo ideas aparentemente aisladas. Me fue difícil armar el escenario mental donde colocar las situaciones relatadas en el libro. Pero, eventualmente comencé a navegar libremente por el pueblo de  El Zapotlán (el verdadero protagonista de la historia), saltando de la mente de una persona  a la de otra; acompañándoles en su vida por unos segundos, unos minutos o unos días, según el caso.

Conforme avancé en el libro, me encontré habitando el pueblo a manera de un fantasma o ánima que vaga de casa en casa escuchando sus conversaciones, aprendiendo las costumbres y hasta sus expresiones.

Cuando te acercas al final del libro, me había empapado tanto de los habitantes del pueblo que me costaba creer que solo quedaban unas cuantas páginas más.

Siendo mis lecturas predilectas de terror, ciencia ficción fatalista y similares; llegué a temer al final.
No podía imaginar como se podía terminar una historia que habla sobre todo un pueblo. ¿Acaso un nuevo terremoto acabaría con todos los habitantes? ¿El gran castillo de fuegos artificiales fallaría e incendiaria la población completa?

Pero no ocurre un final fatal. Y a pesar de que se han concluido varias de las historias de las personas del pueblo, muchas más quedan abiertas a un “¿que pasará después?” quedando el libro en un infinito e incierto “continuará”. Si sólo dijesen que pasa con Maria Helena y su poeta enamorado…

“A cada Chayo le llega su Odilón y a cada Concha de Fierro, su torero.”

Ellen

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Le vi caer herida por mi causa. No quise mostrar mi verdadera identidad y no pude protegerla.
Mirándola ahora en su cama de hospital, terriblemente lesionada y casi al borde de la muerte, me pregunto si este secreto vale tanto como la vida de la mujer que amo.
No. No lo vale.
Entro en estado de meditación para comunicarme con los que habitan en mí.
- Es peligroso, la materia oscura esta diseñada para contener a miles de almas pero sólo una de ellas puede dominar. -
- Aunque le cedieras parte de tu poder, la materia oscura es una y sólo una. Los dos estarían unidos por siempre, como siameses tratando de separarse. -
- Es sólo una humana y si le das el poder a la fuerza no sabemos como vaya a reaccionar a la simbiosis -
- Lo intentaré de todos modos -

Coloqué mis manos alrededor de su cuerpo, cubriéndola con un cálido abrazo al mismo tiempo que la materia oscura se iba separando de mi cuerpo y deslizándose sobre el de ella, formando un tenebroso capullo negro.
Momentos después, ella estaba retorciéndose de dolor dentro de la cubierta viscosa. Empezaba a perder sus sistemas biológicos que eran reemplazados por símiles de materia oscura.
- Estoy contigo. Trato de ayudarte – Le susurré mientras la mantenía entre mis brazos.
La transformación terminó pronto y ella se despertó sobresaltada. No podía controlar su cuerpo que, aunque mantenía la figura general humana, por instantes alargaba sus brazos o deformaba su rostro perdiendo su forma normal.

Ellen me miró asustada.
- ¿Que me has hecho? -
- Te salvé la vida -
La cargué como pude, y rompiendo el vidrio de la habitación del hospital salté hacia fuera. Usando mi experiencia en columpiarme por los edificios creando con la materia oscura cadenas negras o alas para planear; me alejé de la zona urbana con Ellen en mis brazos.

- ¿Qué me esta pasando? – preguntó asustada
- Discúlpame por no decírtelo antes, Ellen, pero esta es mi verdadera identidad -

Le mostré la apariencia que solía mostrar cuando estaba en las calles, jugando al héroe. Un atuendo completamente negro que trababa de asimilarse a un atuendo ninja. El rostro cubierto por retazos de tela negra dejando solamente al descubierto dos ojos completamente blancos.
- Si, Ellen, yo soy al que llaman BlackMatter y ahora he compartido mi poder contigo para salvarte -
Ellen se quedó atónita y no supo que responder, mientras seguía luchando con el dolor inherente a la transformación.

Pasaron varios días antes de que Ellen se acostumbrara a la materia oscura. La mayor parte del tiempo mantenía su forma humana, por la costumbre.
Sin embargo, a pequeños arranques emocionales solía cambiar su aspecto de forma errática y muchas veces influenciada por las horrendas formas que yo mismo había hecho tomar a la materia oscura en ocasiones.

Seis meses pasaron antes de que Ellen controlara esos arranques por completo, y pudiera volver a casa.
Sin embargo, este tiempo fuera la había cambiado volviéndola fría, cabizbaja y silenciosa…
- Escucho voces en mi cabeza – me había dicho.
Por supuesto, eran esas miles o quizá millones de almas que habitaban la materia oscura, las almas con quienes se había sellado el pacto de asimilación, pero que ahora estaban confusas al tener dos almas predominantes en lugar de sólo una.

El destino es cruel y más aun cuando trata de evitarse.
No mucho tiempo después de volver a la ciudad, acudimos al cine. A la salida caminamos por los callejones, platicando de algún asunto sin importancia, cuando nos encontramos con el mismo demonio que la hubiera dejado moribunda meses atrás.
- Me sorprende verte… viva – exclamó burlonamente aquel repugnante ser
Sin responder, y sin dudar un instante, Ellen uso el poder de la materia oscura para lanzar un par de cadenas de sus manos, con las que aprisionó al demonio.
- Black…BlackMatter!! – tartamudeó asustado el demonio al verla transformarse.
- Ellen…- traté de tranquilizarla, pero no me escuchó. En un instante, sus manos se habían convertido en cuchillas que hacían pedazos el cuerpo del demonio a punta de puñetazos.
- ¡Ellen! -
Ellen me miro con los ojos inyectados en furia; y sin reconocerme se lanzó contra mí.
- ¡Tu me hiciste esto! – gritó encolerizada, con voz grave y monstruosa.
Mi experiencia me fue útil para detener y esquivar los ataques de Ellen mientras trataba, en vano, de hacerla entrar en razón.
La situación empeoró cuando traté de controlar su materia oscura con mi propia alma. Enloqueció por completo y, generando largas y extrañas extremidades de su cuerpo, comenzó a destruir todo a su alrededor mientras crecía de tamaño y tomaba formas cada vez más bizarras y horribles.
Sabía que Ellen no era más la que trataba de dominar ese pedazo de materia oscura. Eran esas almas dentro de ella las que buscaban tomar el control. Ellen no había sido lo suficientemente fuerte como para dominarlas.
Del pecho de aquel monstruoso ser negro se asomo el rostro humano de Ellen, empapado en lágrimas.
- Perdóname -
Solamente dijo esa palabra antes de que el rostro se separara del cuerpo, como si lo hubieron arrancado de su cráneo, y cayera en seco sobre el pavimento.
- Ellen… perdóname tú a mi… -
Entonces, expandí mi cuerpo de materia oscura lo más que pude, para cubrir a aquel ser. La lucha interna fue dura por mi confusión pero, como su legítimo controlador, el monstruo de materia oscura cedió y se unificó conmigo.
Así, la fragmentada alma de Ellen pasó a ser parte de las almas menores que me habitan.
Después de todo, seguiremos juntos por siempre.

Soñando

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Hombre, veintitrés años, soltero. Como lo preví desde mi estancia en la Universidad, no he sido apto para otro empleo diferente a la enseñanza, por lo que actualmente soy profesor en una escuela preparatoria en Puebla, ciudad a la que he escapado después de una “vida inútil” en la capital. No me arrepiento, a pesar de que mi vida no es especialmente feliz.

No tengo muchos amigos en esta ciudad, quizá porque me he acostumbrado al aislamiento. En realidad, las personas con quienes más converso es con mis alumnos.

Ocasionalmente me encuentro con KayLin y, bebiendo un té,  charlamos sobre muchas cosas, desde sus clases en la Universidad hasta nuestros Dioses. Incluso Anna me convence cada cierto tiempo de pagarle pasajes para que venga de visita varios días.

Hoy no es un día especial. Es un viernes como cualquier otro en el que aprovecho la tarde libre para caminar sin rumbo por la ciudad, mirando la gente pasar, desanimado por mi soledad. Tan concentrado estoy en mis desvaríos que no me he percatado de los gritos asustados de la gente a mi alrededor cuando aquel conductor pierde el control de su auto y, a toda velocidad, se dirige hacia mí. Solamente siento por un momento un dolor agudo en la cadera antes de que todo se oscurezca.

Despierto quién sabe cuantos días después en una blanca habitación de hospital. La cabeza me pesa, y mis piernas parecen no querer obedecer. Aún aturdido por la larga siesta, miro a mi alrededor y encuentro a una joven dormida sobre una silla, recargando su cabeza en mi cama. La reconozco al instante, se trata de mi hija KayLin. Con algo de esfuerzo levanto mi mano para acariciar su cabello. Ella parece sentir mi mano entre sus cabellos castaños, pues despierta.

- ¡Papi! ¡Despertaste! – grita, alegre de verme abrir los ojos.

La puerta de la habitación se abre de golpe y por ella entran dos personas que no esperaba ver. Una de ellas, una joven poco menor que KayLin, se abalanza sobre mi débil cuerpo y me abraza, mientras que la mujer que le acompañaba detrás permanece de pie a un lado de la entrada, con los ojos empapados en lágrimas aunque sonriente.

- Papá, que bueno que despertaste – me dice la chica que rodea mi cuello con sus brazos. También la reconozco, es mi hija menor, Anna.

La joven retrocede para dar paso a la mujer, quien me abraza con menos fuerza pero más cariño. No dice nada, pero no necesito que lo haga. La sorpresa me ha dejado mudo.

- ¿Irene? – pregunto con débil voz, reconociéndole.

La última vez que le había visto, apenas unas semanas antes del accidente, aún era una joven no mayor que KayLin. Sin embargo, no me parecía extraño verla a mi lado, muchos años mayor de lo que la recordaba.

- Si, tu esposa Irene – responde ella, como tratando de verificar que no hubiese perdido la memoria.

Paso varios días en esa cama de hospital, sin poder moverme y apenas conciliando el sueño. Trato de recordar, pero mi vida es confusa. Recuerdo haber conocido a Irene en unos foros en Internet, pero también recuerdo haberle conocido en la escuela secundaria. Recuerdo haber conocido de frente por primera vez a KayLin durante un paseo a un parque de diversiones, pero también recuerdo haber estado presente durante su nacimiento.

Y en especial, hay un recuerdo y una imagen que me confunden. Recuerdo mi boda con Irene, recuerdo nuestros votos, recuerdo hasta la Luna de Miel. Pero también estoy seguro que nunca me casé con ella, recuerdo que tras los problemas que tuvimos nos separamos y apenas y éramos amigos. Además, la imagen que devolvían los espejos no era correcta, no podía ser. Si yo tenía solo veintitrés años, ¿porque parecía de mas de cuarenta?.

- Usted ha estado soñando – explicaron los médicos.

- Durante los dos meses que ha estado inconsciente debió crear todo ese mundo alterno que cree recordar y que ahora le parece más vívido que su vida verdadera. – concluyeron.

Me tomaron un par de días y aspirinas para terminar de aceptar la realidad. esta era mi vida verdadera. Tenia una esposa, dos hijas y casi estaba seguro de tener un perro y un gato en casa. Antes del accidente por el cual me habían hospitalizado, solía dar clases en una Preparatoria mientras Irene trabajaba como jefa de chefs en un famoso restaurante de la ciudad.

Me sentí feliz, sabiendo que tenía lo que tanto había soñado durante estos meses y que en mi “vida falsa” había estado muy lejos de conseguir. Ahora sabía, incluso, porque solía ser tan terco con mi “destino”, porque no podía renunciar a mi sueño: porque era realidad.

Había recuperado la movilidad de las piernas y, al no aparecer complicaciones, los médicos estaban listos para darme de alta. Irene se llevó a KayLin y Anna a casa para que descansaran, mientras yo me disponía a dormir, por última vez, en mi cama de hospital. Cerré los ojos con la firme convicción de que al siguiente día volvería a casa con mi adorada familia.

Desperté sin saber la hora. La habitación de hospital se veía más descuidada de lo que podía recordarla. Miré a todos lados, tratando de hallar a mi amada Irene pero la habitación estaba vacía. Pronto una enfermera se percató de que había despertado y avisó a los médicos que hicieron pruebas para detectar el daño permanente.

Pasaron varios días antes de que me dieran de alta. Durante ese tiempo,  no recibí visita alguna.

Cuando recuperé mis pertenencias, busqué en mi teléfono móvil el número de Irene y la llamé. Se sorprendió por mi llamada, y su voz enfadada me riñó por saludarle con un sincero – ¡Hola, cariño! -.

El aislamiento y los recuerdos de la “vida falsa” habían vuelto y no comprendía que había pasado con mi esposa, mis hijas y mis mascotas hasta que volví al hospital y pregunté a los médicos.

- Usted ha estado soñando – explicaron.

De vuelta al reloj analógico

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Resulta que hace como un mes “jugando” con mi celular traté, a la fuerza, de sacarle un juego y cambiarle ciertos sonidos de sistema. Quizá no hubiera estado mal de no ser porque el cable USB usado para conectarlo a la PC ya no hace contacto de manera perfecta así que, por la Ley de Murphy, la comunicación se interrumpió no permitiendo que se cargara la información en el celular y dejándolo inservible.

Han sido semanas difíciles, sin poder escuchar música al ir a dormir, sin forma de enviar mensajes obsesivos y luego enfadarme porque no me responden, y sobre todo, sin reloj de viaje.

Si, lamentablemente el celular era mi único reloj funcional y sin él he estado especialmente paranoico al estar fuera de casa y no saber la hora.

En realidad, no era tan grave dado que, estando de vacaciones, me la pasaba trabajando en la computadora, por lo que tenia un bonito reloj digital disponible todo el día. Pero ahora que comenzaron las clases sentí que debía hacer algo al respecto.

Así que saque un viejo reloj de manecillas que me regaló mi padre, fui a comprarle pilas y correas (las correas originales fueron roídas por cierto animal inútil) y ya forma parte semi-permanente de mi brazo (al menos, hasta tener un celular de reemplazo).

Bien, ahora solo falta recordar como se lee la hora en este reloj.

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